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en las lindes del valle 2 (ó 0)

Abril 11, 2008

el domingo pasado acompañé a D. a hacer fotos a un vertedero de cascajo que queda cerca de lo que queda del lago de texcoco . imaginaba como es dado imaginar en esta ciudad: que nos encontraríamos frente a una montaña inmensa de escombros en la que se podría reconocer a la ciudad rota e identificar pedazos enteros de barrios. doblamos a la derecha antes de alcanzar la parada final del metro interestatal, después de pasar junto a una escuela tomada. ¡una escuela tomada! recalca D. al pasar y volteamos para ver el bloque rectangular y la ropa que cuelga en los entreveros de las escaleras. los puentes de la avenida que tomamos devienen en hondas sendas de polvo demarcadas por materiales de construcción, varas, plásticos, conos y tractores; en los cruceros los coches tocan el cláxon incesantemente detrás de combis varadas con  bocas abiertas.

perdemos a un pasajero en trance.

subimos el cerro por caminos de tierra. como los ranchos en tierras bajas, las rancherías pues, así estos conjuntos de casas de tabicón con su carencia de agua y su tienda única y sus oficios contados y su gente sentada en el techo o apoyada en la entrada, tomando refresco. un calor duro y polvo, sobre todo y todos polvo. llegamos primero a una mina de tezontle que está en licitación, un cerro rojo y negro laboriosamente demediado y con punta extravagante. un cerro que se mira hacia abajo y me recuerda cuando  mirabahacia arriba los cerros rojos y morados y amarillos del sur de la paz; me dan deseos de descender rodando por la grava y gueva infinita el ascenso.

no todos los camiones llegan a dejar el cascajo en el tiradero. algunos prefieren ahorrarse los doscientos pesos y dejan sus pedazos de casa tirados al borde del camino como cacas de perro. otros dejan cacas llenas de cintas de video como si fueran tenias que se desplazan hacia el siguiente montículo de bolsas. a los niños les gusta jugar con las cintas: las hacen volar en las colas de los papalotes.

cuando llegamos finalmente al lugar lo primero que sorprende es lo chato del asunto: los montes no son distintos de los anteriores; si acaso alcanzan los dos metros y no se extenden más allá de los cien metros. nos recibe una familia que habita dos cuartos de lámina inmediatos. salen los niños con sus perros, las niñas cons sus gatos; don R., el patriarca, nos da una sencilla bienvenida. pasamos horas entre esos montes, sentados ahora sobre pavimento, luego sobre azulejos rojos y más tarde sobre llantas; la ciudad se distingue así, por el modo mínimo que hace su expresión masiva: el patio, la calle, el auto.

hablamos de cosas y miramos, nos callamos. en donde termina el cascajo desciende el cerro y comienza el atardecer. a nuestros pies está la ciudad envuelta en una nube de partículas suspendidas que  enrojecen metálicas. se ven no obstante nítidas las torres de luz que atraviesan cabeza de juárez y más atrás los edificios de reforma  hacen su montículo geométrico. no se distingue el ángel. cantan los pájaros y nos despide don R. que habla de la tierra fértil de su rancho en poza rica, en donde todo se da menos el dinero. 

en las lindes del valle 1

Abril 10, 2008

así como va, dice A. 

huele a muerto al salir en la última estación del metro interestatal, al alcanzar el puente del que descienden siete escaleras hacia los paraderos a, b, c, d, e, f y g, en donde hacen fila los peseros blancos con dirección a ixtapaluca, ayotla, juárez y otras. huele como a mil quinientos cadáveres, como si ahí mismo tiraran todos los gatos muertos de la ciudad de méxico pero en dónde exactamente.  he estado al menos una docena de veces en esa estación, que de otro modo es la primera; ayer por fin me he enterado por qué huele así. en ese complejo que se ve a las faldas del cerro, se queman los huesos de las vacas que comemos. según dos muchachas que hacen cola detrás mío y se tapan la boca y la nariz con sus chamarras, no huele así por las mañanas- será que las vacas de esta ciudad mueren temprano y llegan tarde. miro al cerro y me pregunto si en efecto es un cerro y no un conglomerado chato de basura; lo examino  para comprobar la textura de su superficie, que suele delatar a este tipo de cerros - tienen pieles pútreas y poráceas pero extrañamente secas y casi compactas. la primera, he dicho.

la siguiente estación la alcanzo en pesero diez minutos después; la marca un puente y un olor a vómito dulce. como si todos los  habitantes de esta ciudad nos hubiéramos intoxicado con un cóctel de ácidos y hubiéramos corrido hacia ese paraje y  nos hubiéramos detenido ahí con la mano en la barda para verternos -puahj- en el río.  después… después no sé. pasamos una fábrica grande y vieja con grandes chimeneas que se encuentra parcialmente desmantelada y ocupa un terreno llano y seco. curiosamente: no hay vidrios rotos, los grandes ventanales han sido desmontados con cuidado. (una vez pasé por ahí leyendo la edición de cinco pesos de turgueniev que relata un sueño en el que cinco personas se hallan encerradas en una pequeña casa de interiores blancos, una pequeña casa rusa tradicional, atrapados frente a la visión de un mar ascendente, inminente; me parece que un niño llora y que un anciano mantiene puños y mandíbula cerrados aunque al fin, claro, todo cede.)

más tarde, en los bordes del camino que me acerca a A. venden autos usados y bases de madera apiladas, para qué son exactamente no sé pero debería- harían una buena pira para el rajá, sin duda, moriría también su mujer, quizás no la de verne. las muchachas hablan de una tal que en realidad no es bonita, tiene un cuerpo con forma que viste mal, todo pegado, ya sabes, y usa toneladas de maquillaje. tiene grumos y no es guera, y tal.

A. es un milagro que tiene su lugar aquí.