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ACONTÉCEME, SVEGLIA (06 del 06 parte 1)

Abril 12, 2008

 

Será o no será. Clarito será. Pero será nomás. ¿Qué cosa? 

Es tarde. Todas las noches es tarde. Desde temprano, desde que oscurece. Se ha ido el día, me digo. En el jardín de al lado, los faroles iluminan las bugambilias, las hacen fosforecer; los perros dan vueltas esperando el cese de toda actividad. Me toco el pecho. Se ha ido el día. ¿Qué es lo que he hecho? Me he subido al bus atestado, he asegurado un espacio para mi mano en la barra de metal y me he amoldado a la masa tibia del interior. He salido expulsada, en la parada equivocada. He visto jacarandas, verdes; he visto chicas con cortes de pelo anodinos, con playeras levísimas y vans o convers reunirse en una esquina, las he visto acercarse, sonreírse, tocarse, sentarse en la mesa que mira al parque y hablarse. Nuevas. Unísonas. Eso. Todo para que llegue mi hermano, para que ocupe su espacio y me mire con sus ojos de color de agua de estanque. 

Mi padre no viene a México después de todo. Hubo un problema en el aeropuerto en Afganistán. No llegó a Kabul, no pudo tramitar la visa norteamericana, no podrá llegar a Miami, no obtendrá la visa mexicana; se irá directo a Bolivia. Es así. Quizás en el camino de regreso a Afganistán, en donde lo espera por cierto una transferencia: dejará las amapolas de Lashkar Gah, histórica y literalmente el lugar de los soldados, para  irse a Faizabad, en el noreste. Es un lugar más seguro, es territorio de tajiks y uzbekistanos con una minoría pashtún - me asegura mi hermano, que entiende muchas más cosas a este respecto que yo, que ignoro demasiadas cosas acerca de los pashtunes: él googlea, googlearthea, wikipedea, lee periódicos y se informa. 

Después me he dejado llevar por él en busca de audífonos, me ha tomado la mano y con este sentimiento infante he dejado que recorra la avenida y mire y compare para decidir que no es suficientemente  bueno o que es demasiado caro, que me lleve a otra parte, escuchándolo hablar en el camino de lo buenos que eran sus audífonos hindúes y de cuánto lamenta haberse quedado dormido sobre ellos. Yo no tengo audífonos, tengo la palma de mi mano en la suya que no siendo mayor lo es. Llegamos al metro y cruzamos la explanada circular en busca del puesto bueno entre todos los puestos, entre discos y dvds y lentes y estuches para todo tipo de cosas. El mar de los piratas es rosado y es multitudinario. Huele  a chorizo. A nardo. A baño. Dos chicos pasan agarrados de la mano; en medio de la multitud, una mujer acomoda su bolso en mi cadera - es más cómodo así. Mi hermano ha encontrado sus audífonos, son exactamente iguales a sus audífonos hindúes. Lo mismo exactamente. Es motivo de celebración: esta es la civilización, me dice, mostrando satisfecho el paquete de plástico crujiente. Avanza, le digo, y suenan todos los celulares. Ahí voy mi amor, ahí voy José, ahí voy mamá; en veinte, en cuarenta, en noventa minutos. 

- Vamos por esa salida.

- Que no.

- Que sí, es la directa.

- Que no, es la fea.

Por esa otra salimos a una calle estrecha que tiene árboles desusados y casas  de ladrillos oscuros, de corte inglés - ¿puede ser? - y vamos esquivando  ramas y entreviendo  altillos. Una casa tiene un reloj en un alero. ¿Las seis y cuarto? ¿En cuál de todos los cuartos? Te invito a mi casa para tomar el té, dice mi hermano. En su sala hay sol y un sillón azul que por todo parece catamarán; con una mano sujetamos la taza caliente de té negro y con la otra acomodamos el cojín que es una suerte de  salvavidas ocasional. Mi hermano me explica cómo hay que proceder. Atardece a lo largo y ancho de su ventana.

- Dirás: valgo tanto, y la gente estará segura de que vales porque pides  firmemente tanto. Así funciona. No puedes llegar y decir: puedo hacer de todo, por nada; no puedes. Pides, dices claramente: tanto. Y la gente piensa que eres buena.

- La gente no piensa, querrás decir; el tanto es el rayo infrarrojo que abre la puerta de un garage en el que entras y te estacionas con cuidado de no tocar las cajas que se apilan en el fondo porque no quieres que se levante el polvo. Es como traer pantalones blancos.

De regreso en el metrobus, dos chicas hablan de sus cuartos. Una de ellas es española, recién llegada, estuvo antes seis meses en un lugar del que no aprendió el idioma pero lo comprendió, ¿entiendes? No sé si comprende este lugar cuyo idioma comparte, mira por la ventana cuando la otra dice: mi cuarto es tan grande que la ropa se pierde. La avenida pasa negra y roja y blanca y gris y verde, sólo se detiene cuando el bus se detiene en una parada. Mira, en esa calle vive Mario, dice la que tiene el cuarto grande. Su departamento es chico, pero hace muchas fiestas; ahí conocí a Juan. La calle se va. ¿Juan se irá? Son chicas, son netas. La española comprenderá y Juan se irá. ¿La española se quedará? Abro el libro que me ha prestado mi hermano, leo el título del la primera parte: No contradicción. Me quedo perpleja por un instante. Las chicas se bajan.

He visto chicas, esta tarde. Y mamás con sus bebés, pero esta vez no me he detenido en ellas y alternado en sus bebés. 

Me bajo dos paradas después, me decido por la salida derecha. 

Cruzo la avenida. El edificio bota una última bocanada de hombres con camisas blancas y mujeres que encienden un cigarro. El edificio emblemático: el edificio somático, ese cuyos flancos se alzaron, se abandonaron, se retomaron, se biselaron. El monumento re-nacido, re-bautizado en honor al comercio internacional, en idioma original porque nunca podría ser de otra manera. Guarda sin embargo algo de la empresa original, quienes no pueden pronunciar el nombre nuevo y ondulante refieren siempre el antiguo oficio. Que habla, en fin, de otro delirio. Ha oscurecido. En su superficie extensa, levemente curvada, se refleja el paso de los aviones que dividen en dos el volumen de cristal con un corte fino de luz roja. De día se ven las nubes y la tarde cuando cae. 

Un hombre sonríe y pide una moneda a los transeúntes.

Es temprano. El mundo apenas se introduce en el silencio. Dejan de sonar los teléfonos en las oficinas, los coches llegan a sus destinos, las puertas se abren, se cierran, se encienden las luces de las casas. La sinergia decrece y permite que la energía se concentre; ahora se repliega en el espacio íntimo de las casas, en el espacio aún más íntimo de las cabezas que piensan o despejan. Cuando el número máximo de cabezas ocupa su almohada y comienza a soñar, el mundo deja de hacer buzz buzz. A veces el buzz me altera. Los cables eléctricos y telefónicos están cargados, los satélites replican en todos los puntos, la información hace zas en las bandas; microondas penetran en mi casa y transmiten.  Hay una actividad intensa, un cruce infinito de datos y actos; en consecuencia, cientos y miles y millones de efectos tienen lugar. El mundo zumba. A veces me exaspero, y esa exasperación me hace sentir como una abeja subnormal. No puedo trabajar. No puedo penetrar en el enjambre compacto de frecuencias. Me quedo fuera, aturdida por el último intento, esperando que llegue la noche. La noche es infinitamente más liviana. 

Los taxistas de deslizan por las avenidas. 

El día nos sorprende con más frecuencia: tiene boquetes. Boquetes reales. Hoy por la mañana me despertó el golpe sordo y repetido de martillos contra el ladrillo. ¿Cuántos? ¿En dónde? Me acerco a la ventana de la cocina y veo cómo seis albañiles dejan caer sus martillos contra los techos y las paredes de la casa de atrás. De tanto en tanto, estrépito de cristales. Hace unos meses se han ido los dueños, que eran mayores y habían dejado de barrer las hojas de un árbol que da flores anaranjadas; una inmobiliaria ha cruzado banderines de colores por encima, como si fuera una carpa de circo. Lo ha comprado evidentemente una constructora y ahora llueve escombro. El cuarto de la azotea, que permaneció abierto de puerta y ventanas por meses, con un colchón destripado en el centro,  no está más. La azotea está llena de boquetes, el techo deja entrever su trama metálica y los cuartos del segundo piso se descubren verdes y celestes y amarillos. Así es como se tiran entonces las casas; es una sorpresa: no se tiran con bulldozers como uno imagina, que un día llega la máquina y derrumba. Las casas se rompen a golpe limpio. 

La mañana fue esa sucesión de golpes y todo cuanto tuve lugar en mi cabeza se asemejó a la chispa que hace el martillo cuando golpea una varilla.  Cuando llego a casa, los golpes han cesado. Tengo el libro que me ha prestado mi hermano en la mano. Estoy dudando, me ha desconcertado el título de la primera parte, así que volteo el libro para averiguar al menos quién lo ha escrito en la contraportada. La autora - leo- es reconocida mundialmente por poseer una filosofía única: el objetivismo.

Por mi mente es que continuamente pasa un viento que explota. Entonces llega Kandahar como que vuela y todo explota.

Mi padre lleva casi un año en Afganistán. Un día llama desde Bolivia y dice: me han ofrecido un trabajo en Afganistán, pienso que me voy. A su alrededor todo es turbio. Vive en Cochabamba, epicentro de la cuestión, en donde iniciaran las movilizaciones contra la privatización del agua, en donde se concentra la producción de coca. A su alrededor todo es disturbio. No hay bus no hay gas no hay luz no hay comida. No hay: es lo de hoy. Eso al menos dice mi padre que lleva años haciéndonos llegar reportes puntuales de las crisis, con análisis vastos y sardónicos, políticamente incorrectos y especulativos, brillantes, a un ritmo de seis por día cuando el conflicto se encrudece. Porque se encrudece, se pone rojo como la carne. Huele. A coca que es pijcheada con lejía en una esquina de la boca. A lana, a chompa que marcha. A polvo a gas a dinamita a plomo. A adrenalina. Y duele, de forma indecible.

Mi padre tiene cada vez menos trabajo. Eventualmente deja de tener trabajo. Lo que tiene son deudas.

No llega a Afganistán como estaba planeado. Hace sus maletas, vuela a La Paz. Lo localizan de emergencia en la sala de espera del aeropuerto, mirando por la ventana la planicie impasible que rompe abruptamente la cordillera. Le informan que su viaje se cancela temporalmente. Ha sucedido un imprevisto, explican. Lo que no dicen inmediatamente es que cinco empleados afganos de la agencia han muerto en un tiroteo cerca de las amapolas de Lashkar Gah. Lo que dirán después es que consideran la cancelación definitiva del proyecto, la disolución expedita de la misión. Pero no lo hacen y  en cambio mejoran la oferta salarial; fechan el viaje  con un plazo de sesenta días tras los cuales mi padre vuela nuevamente a La Paz. Me pregunto qué lleva en su maleta. Esta vez, sin embargo, se sube en efecto al avión y viaja a Washington, en donde le toman medidas para hacerle un chaleco antibalas y lo llevan a una conferencia sobre seguridad de la que sale pensando en su chaleco antibalas como simple precaución. Se dirige hacia Kabul por vía de Dubai, su siguiente escala es Londres. Los vagones estallan dos días después de su paso por Londres: los ataques coordinados golpean al sistema de transporte de la ciudad cuando se acerca la hora pico.

Mi mente explota continuamente. Mi padre habla de amapolas.

Me detengo a mirar por la ventana. Las ruinas de la casa de al lado están en penumbra. Detrás del muro, veo un recuadro de calle semi-iluminada. Después de eso, todo disolución de las formas. El mundo se extiende a partir de ahí. Una línea levemente curva me une a Lashkar Gah, transita por regiones de sombra y se introduce gradualmente en regiones de luz: el jardinero de mi padre poda los rosales amorosamente, deteniendo la tijera con sus muñones. Otra línea levemente curva une a mi hermano con Nueva Dehli, en donde los puestos callejeros se levantan a esta hora. La línea que recorre lo que dista entre Bolivia y yo es como la curva del vientre materno. A Bolivia me une un cordón, una arteria principal. Estas y otras líneas me hacen lo que soy: un punto en un cuarto iluminado. 

en las lindes del valle 2 (ó 0)

Abril 11, 2008

el domingo pasado acompañé a D. a hacer fotos a un vertedero de cascajo que queda cerca de lo que queda del lago de texcoco . imaginaba como es dado imaginar en esta ciudad: que nos encontraríamos frente a una montaña inmensa de escombros en la que se podría reconocer a la ciudad rota e identificar pedazos enteros de barrios. doblamos a la derecha antes de alcanzar la parada final del metro interestatal, después de pasar junto a una escuela tomada. ¡una escuela tomada! recalca D. al pasar y volteamos para ver el bloque rectangular y la ropa que cuelga en los entreveros de las escaleras. los puentes de la avenida que tomamos devienen en hondas sendas de polvo demarcadas por materiales de construcción, varas, plásticos, conos y tractores; en los cruceros los coches tocan el cláxon incesantemente detrás de combis varadas con  bocas abiertas.

perdemos a un pasajero en trance.

subimos el cerro por caminos de tierra. como los ranchos en tierras bajas, las rancherías pues, así estos conjuntos de casas de tabicón con su carencia de agua y su tienda única y sus oficios contados y su gente sentada en el techo o apoyada en la entrada, tomando refresco. un calor duro y polvo, sobre todo y todos polvo. llegamos primero a una mina de tezontle que está en licitación, un cerro rojo y negro laboriosamente demediado y con punta extravagante. un cerro que se mira hacia abajo y me recuerda cuando  mirabahacia arriba los cerros rojos y morados y amarillos del sur de la paz; me dan deseos de descender rodando por la grava y gueva infinita el ascenso.

no todos los camiones llegan a dejar el cascajo en el tiradero. algunos prefieren ahorrarse los doscientos pesos y dejan sus pedazos de casa tirados al borde del camino como cacas de perro. otros dejan cacas llenas de cintas de video como si fueran tenias que se desplazan hacia el siguiente montículo de bolsas. a los niños les gusta jugar con las cintas: las hacen volar en las colas de los papalotes.

cuando llegamos finalmente al lugar lo primero que sorprende es lo chato del asunto: los montes no son distintos de los anteriores; si acaso alcanzan los dos metros y no se extenden más allá de los cien metros. nos recibe una familia que habita dos cuartos de lámina inmediatos. salen los niños con sus perros, las niñas cons sus gatos; don R., el patriarca, nos da una sencilla bienvenida. pasamos horas entre esos montes, sentados ahora sobre pavimento, luego sobre azulejos rojos y más tarde sobre llantas; la ciudad se distingue así, por el modo mínimo que hace su expresión masiva: el patio, la calle, el auto.

hablamos de cosas y miramos, nos callamos. en donde termina el cascajo desciende el cerro y comienza el atardecer. a nuestros pies está la ciudad envuelta en una nube de partículas suspendidas que  enrojecen metálicas. se ven no obstante nítidas las torres de luz que atraviesan cabeza de juárez y más atrás los edificios de reforma  hacen su montículo geométrico. no se distingue el ángel. cantan los pájaros y nos despide don R. que habla de la tierra fértil de su rancho en poza rica, en donde todo se da menos el dinero.